Un deseo etéreo, un amor con un ímpetu

inquebrantable.

Una señal en la bóveda celeste

que indica el comienzo de un tris sagrado.

el suspiro de un alma radiante,

de un corazón no muy distante a éste, que late

y late sin dejar la tierra ni por un instante.

 

Esos ojos negros que brillan entre el lapislázuli

de su piel, me estremecen con tan solo voltear

a ver el yermo que ilumina con cada paso que da.

Esa mirada que profundiza en el centro de mi equilibrio

volátil e imperfecto, me hace que nazca en mi

la voluntad de ser tierra y fuego, agua y viento,

un niño y un viejo, sabiduría y corazón.

 

Oh Kayumari, que lloras lagrimas de sol,

no te aflijas si no te entienden, lo que pasa

es que les falta corazón.

 

 

Aurora Azul

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *