En ese tiempo no había Sol. Estaba apenas la Luna, que era un hombre
llamado Manoel. Manoel alumbraba con su luz pálida, sin calentar la tierra.
Los hombres veían pasar siempre a Martín, la iguana, y se preguntaban a
dónde iría. Un muchacho decidió una vez seguirlo y así, lo espió mientras se
acostaba sobre una roca enorme, Cuando se fue, el muchacho se acercó
cautelosamente a la roca, y al tocarla advirtió que estaba caliente.
Contó esto al pueblo, y los hombres quisieron ir a comprobarlo. Se
pusieron entonces en camino, guiados por el muchacho. Todos tocaron la roca, y
sintieron el calor por primera vez.
Decidieron después romper la roca, para ver lo que había adentro. Pusieron
manos a la obra, mas pese al empeño, no lograron hacerle mella.
En esa época, los animales eran hombres. Se llamó al gallo, al guajolote, a
la perdiz, al tucán, al pájaro carpintero. Todos trataron, pero todos fallaron. La roca
era en verdad muy dura.
Vino entonces un pájaro muy chiquito y empezó a saltar sobre ella a la vez
que entonaba un canto mágico. Después de dar veinticinco saltos, la piedra se
partió, y de la grieta brotó un rayo delgado como un hilo que llegó hasta el cielo.
La gente, asombrada, agrandó la grieta y vio que en el corazón de la piedra
había algo como una yema de huevo. Era el Sol.
Una huerfanita se tragó entonces esta yema, y meses después nacía de ella
el Sol, ahora con la forma de un niño. Este niño ya sabía hablar. No tomaba leche,
alimentándose solo de conocimientos. Recomendaba siempre a su madre que no se
le acercara.
-Mamá; un día me iré para siempre de tu lado –solía comunicarle.
Al año el niño ya caminaba. Una vez pidió una silla, pero ésta ardió no bien
se sentó. Fue después a sentarse en la rama de un árbol, pero la rama se calcinó y
cayeron al suelo brasas que la gente recogió de inmediato, y con ellas encendieron
las lumbres en sus casas. Así conocieron el fuego.
Pero como seguía quemando sillas, su madre se enojaba siempre con él.
Mas adelante decidió que ya era hora de marcharse, y pidió que le hicieran
un carrito y un gran bastó de seis metros de alto. Cuando todo estuvo listo, dijo a
su madre:
-Mamá, ya me voy al cielo.
Su madre se puso a llorar. Todas las mujeres suspendieron el lavado del
maíz para acudir a despedirlo. El Sol partió con su carrito, su bastón y su perro.
Mantel, mientras tanto, llamaba a las mujeres desde el monte, sin que
ninguna le respondiera. Tánto insistió que al fin acudieron. Mantel las regañó
entonces por su tardanza, recordándoles que era su dios y debían obedecerle.
Las mujeres se burlaron de él, comunicándole que su dios era ahora el Sol,
y le echaron en la cara el agua con la que habían lavado el maíz. Por eso la luna
tiene manchas como nubes.
Mantel se fue a perseguir al Sol, desbordado por la furia. En un punto del
camino, el Sol le previno a su perro:
-Te voy a dejar aquí. Si llega Manoel le dirás que me fui por la izquierda,
pero yo me voy a ir ahora por la derecha.
El perro se quedó ahí echado, y cuando llegó Manoel le indicó el mal
camino.
Manoel anduvo hasta el pie del cielo y comprendió entonces que había sido
engañado. Volvió hasta donde estaba el perro y otra vez le preguntó por su amo.
Como el animal no quiso responderle le dio un puntapié que lo dejó mudo. Y desde
aquella época los perros no hablan.
Manoel se echó a correr ahora por el buen camino, pero ya era demasiado
tarde: el Sol salía por el Oriente, todo nuevo, todo bello. Amanecía en el mundo.
Y desde entonces Manoel persigue siempre al Sol, sin poder atraparlo.
Cuando hay eclipse, se dice que los dos riñen. El Sol es el dios del mundo de los
hombres. Se llama Francisco.

 

 

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